Lifestyle

Abril en Bois de Boulogne

24th May, 2020

París y su bella arquitecta embelesan hasta al más distraído. En la primera visita a la ciudad es imposible mirar el suelo y prestar atención a tus pasos cuando tienes todo el esplendor de edificios y monumentos que han sobrevivido dos guerras mundiales, las guerras napoleónicas y bombardeos que desfiguraron el rostro de ciudades como Londres o Varsovia. Sin embargo, en un determinado momento, cuando efectivamente vives en París, el peso de su concreto grisáceo y sus monumentos que no se han movido ni se moverán nunca comienza a asfixiarte. Por eso, la mayoría de parisinos anhelan como pocas cosas el verdor fresco de la naturaleza, el cántico alegre de los pájaros en primavera —incluso lo ponen como sonido de ambientación en la sala que precede la cola infernal de Migraciones en el aeropuerto Charles de Gaulle—, y la ausencia de las sirenas desquiciantes de la policía y los bomberos.  

De los bosques que rodean París, el Bois de Boulogne es quizás el más visitado y pintoresco. Dos veces y medio más grande que el Central Park de Nueva York, se emplaza entre el límite del distrito 16, uno de los más burgueses de Paris, y el suburbio de Boulogne-Billancourt al sudoeste de la ciudad. Si bien hoy las familias se reúnen allí para llevar a los niños pequeños y raramente bulliciosos al parque de rosas de Bagatelle y una marea de deportistas lucen sus piernas pálidas luego de días invernales con siete horas de luz, el Bois de Boulogne no siempre tiene este ánimo apacible. Durante la Guerra de los Cien Años fue la guarida de forajidos y rufianes, los cuales hacían sumamente peligrosos sus sinuosos senderos, sobre todo al caer la noche.

Estoy saliendo de una fiesta electro en La Clairière, una de las zonas cercanas al hipódromo ubicado en el Bois de Boulogne, al extremo opuesto de los edificios Hausmannianos del distrito 16, y del ambiente residencial de Boulogne-Billancourt. Es mediados de Abril, los primeros días de una breve primavera que todos persiguen apenas comienza a florecer los árboles de cerezos en Paris. Salgo temprano de la fiesta con J. y debemos ser los primeros en retirarnos pues el corredor de salida ni siquiera está habilitado: todos son de ingreso. Es la una y media de la mañana. Antes de venir a esta fiesta, mi primera en el Bois de Boulogne, le pregunto a J. en un tono francamente curioso si sabe algo del espectáculo picante del que muchos hablan a lo largo y ancho del bosque. En reportajes de periodistas franceses de L’Express se lanza la cifra que alrededor de 400 mujeres laboran entre los sinuosos senderos donde siglos atrás se refugiaron rufianes y canallas. En su mayoría, las que desfilan felinamente en las veredas que sirven de ruta a los deportistas de piernas pálidas durante el día son chicas de Europa del Este y latinoamericanas. 

Llega nuestro Uber y subimos para volver a casa. Vamos en línea recta sobre el Allée de Longchamp dirección noreste, y el espectáculo no se hace esperar. Faldas cortísimas, cabellos como cortinas negras y curvas exuberantes por donde se mire. A pesar que no hay demasiado tráfico, no pasamos apresuradamente. Comienzo a hacer observaciones de la escena a J., y el taxista no tarda en sumarse a la conversación, pues al parecer es bastante experimentado en recorrer esta ruta. De pronto, el auto que va delante nuestro sobre para lentamente, y un hombre de mediana edad, con una casaca negra que le cubre hasta las orejas a pesar que es una noche de primavera de 20 grados, con una calvicie pálida prominente y gafas redondas, baja del auto. Sin mayor ajetreo, procede a conversar con dos chicas que se encuentran recostadas contra un árbol en el límite del sendero. Tengo la impresión que le ha indicado precisamente al taxista dónde debe dejarlo, pues el encuentro ocurre con una fluidez remarcable, y las chicas ni siquiera se mueven de sus cómodas posiciones desde donde arriesgan mostrar la verdad de sus misterios. Tomo en cuenta que nuestro taxista ha comenzado a desacelerar mientras las escenas de transexuales negociando con sus clientes se repite con mayor frecuencia, sólo para desaparecer segundos después entre la copiosidad de los arbustos. De entre todos los actores en esta escena pública, resaltan frente a mis ojos un vestido fucsia encendido cortísimo y un par de senos prominentes prácticamente al descubierto, embutidos en un escote que hace mucho desistió en poner orden, y unos tacos improbablemente altos, que incluso yo tendría miedo de utilizar por temor a torcerme el tobillo —teniendo en cuenta que el ingreso a los senderos del bosque son agrestes y poco estables—. Giramos ligeramente y en una esquina del bosque y veo una figura en blanco, inmóvil, como una estatua, fantasmagórica, con un vestido largo que parecía brillar bajo el reflejo de los faros de los autos, ya casi terminando el Allée de Longchamp. En sus manos, una carterita blanca que combina con su atuendo. En sus ojos, una mirada felina que examina rápidamente a los conductores de los autos que pasan, como un depredador nocturno buscando el movimiento de su presa. 

Nuestro taxista afirma que son todas transexuales, y comenta de una manera animada que es en el Allée de la Reine Marguerite, la otra gran avenida que atraviesa el Bois de Boulogne, donde se puede ver el espectáculo principal. A medida que dejamos atrás el espesor del bosque, J. no deja de hacer comentarios en doble sentido, divertido en la situación que acabamos de presenciar, preguntándose el perfil de los clientes habituales, y si la demanda se inclina más hacia las mujeres o los transexuales. Nuestro taxista comenta, informadísimo, que el 80% de las trabajadoras sexuales del Bois du Boulogne son transexuales, efectivamente, y que él mismo ha dejado a algunos de sus clientes en esas veredas reducidas, que en el día recorren los deportistas de piernas pálidas. Agrega, además, que varias de las transexuales son realmente sexys, que fácilmente podrías confundirlas con una mujer, y que algunas veces ni él mismo reconoce la diferencia. Julien cruza una mirada fugaz con la mía. El taxista continúa, que alguna vez tuvo a una de ellas en su auto, y que bromeaban sobre lo fácil que sería para las transexuales del Allée de Longchamp de tener una aplicación como Uber que les indicase así de rápido y sencillo los clientes que solicitasen sus servicios, con localización y rating incluidos. Vamos avanzando ya en paralelo del río Sena de noche, llegando a la esquina este del Louvre, y nuestro conductor se desvive en narraciones sobre cómo alguna vez incluso salvó a una de las damas de Boulogne, cuando sujetos la interceptaron alrededor de las tres de la mañana para agredirla violentamente y despojarla del efectivo que había conseguido con el sudor de esa noche. Nos cuenta que abrió la puerta de su vehículo, tocó el claxon con vehemencia, y en un momento de confusión, la mencionada dama se lanzó hacia el interior del asiento trasero, para luego deshacerse en un llanto soprano mientras huían de la escena. 

Llegando a nuestro destino, a pocos metros de la estatua dorada de Juana de Arco, pienso acerca de la dura vida de una trabajadora sexual en uno de los bosques más antiguos en las faldas de París. El peligro, los riesgos de salud, la violencia, la vulnerabilidad, la burla y el estigma de la sociedad. Posteriormente, me enteraría en el mismo artículo de L’Express que la tarifa promedio de una trabajadora sexual del Bois de Boulogne es de alrededor veinte euros. Dependiendo del servicio, claro está. Pienso en Vanesa Campos, la transexual peruana de 36 años masacrada y asesinada por un grupo violento de asaltantes de autos, presentes en los rumores las damas del bosque. Pienso que la asesinaron de un balazo en el tórax mientras trataba de defender el auto de su cliente, el cual estaba a punto de ser desfalcado. Pienso que la belleza y elegancia de esta ciudad tiene un contraste sórdido y muy triste con la vida de algunos al caer la noche. Pienso que París embelesa a muchos, pero definitivamente no le sonríe a todos. 

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