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El peligro del romanticismo

May 4, 2016

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Por: Ricardo Buckman

Me acuerdo perfectamente del preciso instante en el que ocurrió. Estaba con mi buen amigo Lucho y varios más apoyados en la barra central del Sargento Pimienta. No recuerdo de qué hablábamos, pero la risa era interminable y yo estaba más que contento con la Grolsch este no es un auspicio que chupaba. De pronto, sin previo aviso, nos quedamos en silencio. Una rubia hermosa, de curvas de ensueño y un trasero que parecía diseñado con Illustrator pasó por nuestro costado.

– ¡Carajo! Si tuviera tu edad, esa mujer ya estaría en mi cama -me dijo Lucho.

– Puta madre, tengo un problema con esas cosas.

– ¿Cuál?- me preguntó, mientras seguíamos con los ojos puestos en la rubia.

– Soy un romántico -le respondí, mirándolo de frente.

Tal fue la risa que soltó el muy basura que el resto le comenzó a seguir la corriente sin siquiera saber qué era lo que pasaba. La risa de Lucho se volvió una risa colectiva, esas que van muriendo lentamente con el paso de los minutos. No me quedó otra más que unirme a ellos. Y claro, cualquier persona que saliera con el cuento de tener problemas en el amor por alucinarse un Tuxedo Mask merece todas las burlas. Sin embargo, un pequeño detalle que jamás revelé -y que hago ahora- es que no mentí.

De verdad, ser romántico en esta ciudad y en estas épocas es un problema. Y uno grave. Es por ello que decido aconsejarte, colega romántico.

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Si tiene unos 23 o 25 años y vives en la Lima del 2016, ser un hombre romántico es una estupidez, un absurdo, una locura. Serías el Allahu Akbar del amor. Y es que no pues, papacito lindo, ¿cómo se te ocurre gilearte a una flaca con versos o cosas por el estilo? ¿Sabes lo que va a pasar si le mandas un párrafo de Neruda a la chica que le quieres caer? Saluda a la cámara porque te va a meter un tremendo screenshot que luego será compartido en el grupo más salvaje que tenga en el Whatsapp.

¿No lo sabías? Te lo digo por experiencia propia. Todas las mujeres tienen un grupo en whatsapp con los nombres más pornográficos que puedas imaginar que van desde el hardcore hasta el snuff. Y básicamente lo que hacen en él es dar rienda suelta a sus más bajos instintos. Fotos de desnudos, videos grotescos y todos aquellos mensajes estúpidos y cursis que reciben por cualquier red social irán a parar a este grupo (que no es leyenda, porque los he visto). Nosotros también los tenemos, he de admitirlo. Sin embargo, la gran diferencia es que, a menos que seas David Beckam, los hombres no recibimos docenas de propuestas -decentes e indecentes- por internet. Nosotros las mandamos.

¿Componerle una canción en la guitarra? Amigo, yo que tú hablo con tu dealer porque te está estafando. Link de Youtube, papá, no necesitas más. Y tienes que estar a la onda, pues. Ni se te ocurra, ni pienses por un segundo en mandarle algo de Eros Ramazzoti o de Juan Gabriel. Tienes que estar a la onda, bro. Busca temas de Chromeo y asunto arreglado (todas las chicas aman a Chromeo).

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Veamos el caso de Juan Manuel, por ejemplo. A Juan le rompieron el corazón el 2013 cuando su última flaca le sacó la vuelta con su profesor de yoga. Juan era el romanticismo hecho hombre; el hombre le llevaba flores, chocolates, componía canciones y le escribía cartas a mano a su novia. Claro, entre tanta escritura pasó por alto que las clases de Yoga duraban mucho más de una hora y a mediados del 2015 terminó su relación de seis años.

Como era de esperarse, el muchacho -luego de una breve depresión- volvió a salir a las andanzas. Haber pasado los fines de semana de los últimos años viendo Netflix, comiendo canchita y ejerciendo el cargo de chambelán (porque él no podía tomar, ella sí) le costó caro ya que no tenía ni idea de qué había pasado con la civilización. La última vez que salió a una discoteca pasaron “Beso en la boca” de Axe Bahía. Con eso creo que queda clara la gravedad del asunto.

Juan Manuel salió con varias chicas durante varios meses y a todas las trató como él solía tratar a su exnovia: les regalaba flores, les escribía cartas de amor y les regalaba discos con canciones que él mismo grababa. Claro, todas decían que era el hombre que cualquier mujer quisiera, pero sucedió todo lo contrario.

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Mi buen amigo Juan se dio cuenta que la estaba cagando cuando una de las chicas con las que salía dejó su celular olvidado en el taxi que iban y descubrió cómo esta enviaba fotos y audios de sus regalos a todas sus amigas para burlarse y “alegrarles el día con una payasada”, como él mismo me contó. Incluso encontró videos de dubsmash con sus canciones (el próximo podrías ser tú).

“Desde entonces, ¿sabes lo que hago? Pienso que tengo trece años y todo me va de lo lindo”, me dice. Juan decidió comportarse, vestirse y gilear “como si tuviera 13 años”. ¿El resultado? Le va mejor que nunca. Hace poco conoció a una flaca por Tinder y en lugar de llevarla a La tiendecita blanca (como solía hacerlo) la llevó a Vichama. Las rosas fueron remplazadas por sixpacks de cerveza y las cartas de amor quedaron desplazadas por audios calentones. Lastimosamente, sus estadísticas se mantienen por los cielos.

Así que ya sabes, mi buen amigo. ¿Ella dice que le encantaría encontrar un hombre romántico, divertido y sensible? Falso. Tienes que ser el Stiffler. Así te irá mejor en los negocios del amor. Sorry not to sorry, pero así funciona.

(Y cuidado con los profesores de Yoga, mucho cuidado)

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