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Manejar en Lima: una historia violenta?

July 13, 2017

La respuesta a primera impresión es sí. 

 

Los claxones, las bocinas, los frenazos, y una violencia a flor de piel apenas un carro se cruza en su camino. Esto sin mencionar la adrenalina extrema del transporte público y la depresión al enterarte que los limeños perdemos el 25% de nuestros ingresos por el tránsito vehicular.

Me rehusé a manejar en Lima por muchos años. La verdad es que me intimidaba lo que veía desde el asiento de la combi o desde la parte trasera de un taxi. Ese estrés que cargaban los conductores y el “chesu…” cada vez que estaban a un centímetro de estrellarse me desanimaba.

Lamentablemente la realidad se estampó contra mi. Por mi trabajo, paso un aproximado de 4 horas diarias metida en mi auto: maletera llena de bolsas y la laptop (siempre atrás), zapatos chatos en el asiento trasero al cual nadie sube, y que bien podría ser un almacén, boletas de gasolina acumuladas en el posavasos y el memo eterno de “Tengo que lavar el carro” cuando la situación se pasa de mugrienta.

El verdadero estrés para mi llegó cuando tuve que hacer mis primeros mantenimientos. No, no soy incapaz de cambiar una llanta, no llamo a las señales de emergencia del carro “esas lucecitas” y puedo estacionar en paralelo sin problemas. Pero para ser honesta no soy una mujer fierrera y me cuesta confiar en un taller para entregarles mi bebé. Por eso, confío en el juicio de los chicos de BigDog Perú para tener el andromóvil a toda marcha. Son los únicos que he encontrado hasta ahora que me dicen con toda sinceridad, mano al pecho, lo que tiene el mi auto y recomendaciones para no pasar apuros en la ruta.

Todos tenemos nuestra historia en las calles de Lima. Los invito a compartir la suya en los comentarios.

Termino este post, cierro la laptop, salgo de la oficina y me subo al auto. Tengo una cita con el bello tráfico de Miraflores, un jueves a las 7 de la noche.

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