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París cambió algo en mí?

July 24, 2018

Ya se acerca el aniversario del primer año en el cual tomé la decisión más grande de mi vida: dejar Lima por París.

Llegué a París un 17 de setiembre del 2017 dejando lo había construido a lo largo de casi 7 años con Androgyny en Lima atrás. Mucha gente me preguntó si estaba loca. Por qué estaba dejándolo todo para irme a una ciudad donde nadie me conocía, cuando ya me había hecho de un nombre y una estabilidad laboral respetable en mi país.

"Adriana, puedes irte de vacaciones o tomar un curso corto en Paris o en Nueva York. Por qué te vas tanto tiempo?"
"Para qué vas a hacer un Master si ya has armado lo que buscabas con tu empresa?"
"Vas a comenzar de cero? Vas a cerrar Androgyny? No te da miedo irte solita a lo desconocido?"

No quiero ponerme filosófica ni super profunda, pero la verdad no sentí miedo cuando tomé esta decisión. Tal vez tristeza cuando me despedí de mis papás en el aeropuerto de Lima, pero mi motor de motivación siempre ha sido descubrir cosas nuevas y nunca conformarme con lo que conozco. Desde que comencé Androgyny nunca fue mi motivación ser famosa, que la gente me ame o que quisiesen ser como yo. Si hay algo que aprecio de la gente que me lee o me leyó en algún momento de estos siete años y se sintió identificada con lo que escribí, es que se atreven a rascar la superficie, cuestionar las cosas y buscar algo más allá de lo que ya conocen.

Les soy super sincera: ya estaba aburrida en Lima. Y no es que Lima sea una ciudad aburrida. Se ha convertido en una fuente de proyectos artísticos, de moda, de arte, de deporte, de lifestyle y lo que puedan imaginarse en los últimos cinco años. La oferta de lugares para salir, de fiestas, de talleres culturales y obras de teatro se ha expandido como pólvora, y me alegra muchísimo. Pero la curiosidad inicial que me llevó a crear Androgyny casi había desaparecido, y aunque aprecio muchísimo la oportunidad que mi voz llegó a escucharse en mi país de maneras diferentes (internet, televisión, radio, libros) hablando de temas que considero justos y necesarios de debatir, yo necesitaba algo nuevo. Además, el hecho de haber estado viajando tanto los últimos tres años que pasé en Perú me hicieron ver lo inevitable de manera super clara: tenía que irme a otro lugar y seguir creciendo. Era hora.

París se impuso sobre Nueva York como elección de un nuevo hogar. En parte porque buscaba hacer un Master de Gestión en marcas de lujo, y París es la capital indiscutible de esta industria —si no me creen pregúntenle a San Google cuántas marcas de lujo tienen sus oficinas principales en esta ciudad—. Además, la oferta de museos, conciertos, exposiciones y demás actividades que ofrece la Ciudad Luz es más que atractiva si eres de las personas que tienen una fibra sensible por el arte. Y seamos sinceros, Nueva York abre la semana de la moda y París la cierra. Sin menospreciar a Londres y Milán, éstas son las ciudades donde, como diríamos en Perú, revienta el cohete.

Haciendo fast forward a Julio 2018, puedo decir que París ha comenzado a surtir efecto en mí. La dinámica y códigos de esta ciudad europea es muy diferente a la mentalidad norteamericana a la que estamos acostumbrados en Latinoamérica. Generalizando, la gente se toma su tiempo para hacer las cosas, discutir y debatir con las personas no está mal visto, la gente reclama fuerte y claro sus derechos, las instituciones política no están pintadas y el dinero no es la principal motivación de la sociedad, en parte porque tienen un sistema de educación y salud pública bastante decente.

Y en cuanto a mí, para responder la pregunta del título del post. París cambió algo en mí? Sí, y lo veo directamente reflejado en mi estilo. Ahora que veo en retrospectiva, siento que el ambiente hostil y de presión constante hacia la mujer en el que crecí me hizo desarrollar esta idea de estética andrógina por el que me hice conocida. En parte para proyectar una imagen de fuerza que incitase el respeto de parte del sexo masculino —y puedo asegurarles luego de siete años que esto funcionó a rajatabla—, y en parte porque me enervaba los estereotipos burdos y hipersexualizados de la mujer que veía en todos lados. En la calle, en los medios y la mentalidad de muchas personas. Siendo Lima la quinta ciudad más peligrosa para las mujeres en el mundo, ahora entiendo que esto activó en mí un sentido de auto defensa que encontró un modo de expresión en mi estilo personal. Pelo corto, vestir de negro, usar chaquetas con hombreras, pantalones de cuero y demás. Esto, sumado a una alergia al cambio y las cosas nuevas por parte de la sociedad que ilustro en este post del 2015, me llevó a buscar alternativas que expresar en Androgyny para los que yo, como yo, estaban aburridos de lo mismo.

La Radio Peruana y el síndrome de Estocolmo

Caminando por las calles en este verano de 32 grados en París no me siento amenazada de ninguna manera, no siento la necesidad de pensar tres veces antes de usar vestidos cortos o faldas para usar el transporte público. Si uso labial rojo nadie me cuestiona por qué me arreglo tanto. Señoras de 50 años van con vestidos rojo fuego cortos y montando en bicicletas por las calles. Los hombres no hacen sonidos a lo “sauuu” o “mmmfff” si alguno aparece con pantalones entallados, medias de colores y gafas redondas estilo “hipster”.

Por supuesto, no hay lugar perfecto, pero dicho esto, me di cuenta de algo puntual: ser feminista significa cosas distintas en distintas sociedades. Por supuesto, todas clamamos por los mismas bases. Pero mientras en Francia, las feministas reclaman más puestos claves para mujeres en posiciones de poder y una discusión más abierta sobre el cuerpo femenino en espacios públicos, en Perú las feministas clamamos para que no nos prendan fuego y nos maten en plena vista y paciencia de todos en espacios públicos. Y que luego no haya ni la más mínima esperanza de justicia. Eso.

En esencia, sigo siendo yo. Androgyny creció conmigo y ocho años después, voy en busca de nuevas aventuras. Si desean seguirme en ellas, pásense por mi canal de Youtube, donde voy contando un poco más sobre mi vida en París.

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