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Raise Boys and Girls the same

February 17, 2016

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Igualdad. Lo primero que se me viene a la cabeza es un tema de Unión Civil, de matrimonio igualitario, de lucha por los mismos derechos civiles. Las decenas de fotos de perfil en Facebook con el arcoíris encima, en señal de apoyo a la lucha incansable de la comunidad LGBT. Se me viene a la cabeza los estudios que señalan que sólo uno de cada cinco puestos gerenciales es ocupado por una mujer. Que a muchos niños se les siga diciendo que “llorar es de niñas”, y a las niñas que deben cumplir ciertos patrones para ser “femeninas”. Se me aparecen muchas escenas en la cabeza, pero sobretodo, una palabra. Lucha.

Para hablar de igualdad hay un término que no se usa mucho, pero que es básico para entender todo esto: empatía. Para estar en la misma línea, vamos a definirlo como la participación afectiva de una persona en una realidad ajena a ella, generalmente en los sentimientos de otra persona. En cristiano, ponerse en los zapatos del otro. O de la otra.

A veces me dicen que soy muy seria cuando recién me conocen. Que no hablo mucho, que observo a las personas un buen rato antes de soltar una sonrisa o comenzar una conversación. Me gusta observar mis entornos, aunque mi look no me ayude mucho a pasar desapercibida. Y lo que he observado luego de vivir por muchos años en Lima, es que la falta de empatía de las personas es brutal. A la gente le importa un rábano cómo se sienten los otros. Recuerdo que hace poco leí una columna de Natalia Parodi en la revista Viù, donde hablaba de la impertinencia de la gente, la falta de tino para hacer preguntas y la incapacidad de pensar en cómo afectan tus palabras a otras personas. Básicamente un “si no lo conozco, qué me importa”.

Ponerse en el lugar del otro. Empatía. Es algo que es difícil si nunca has estado en esa posición. En un ejemplo claro: entiendo que para un hombre debe ser difícil imaginarse cómo debe ser que te lancen miradas impertinentes, comentarios asquerosos, que te rocen la pierna con la mano cuando pasan a tu costado o te susurren cochinadas al oído al pasar en dirección contraria a la tuya. Es difícil, obvio, porque a ellos nunca les pasa. Para mí también era difícil imaginarme cómo sería caminar por la calle usando algo fresco sin estar super alerta y con cara de culo, a la defensiva siempre. Pero cuando tuve la oportunidad de viajar a otros países, lejanos la mayoría, donde lo anormal es acosar a las mujeres en la vía pública, entendí por qué la mayoría de hombres en Lima no entienden esto. Claro, nunca les pasa. No sienten peligro alguno. Pero no tienes que sufrir de algo, como tener una discapacidad, para imaginarte lo complicado que debe ser la vida de alguien en una silla de ruedas. ¿Por qué no puedes imaginarte lo complicado que es ser mujer, y sufrir de acoso sólo por serlo? ¿Por qué no podemos caminar por las calles con la misma tranquilidad que un hombre?

Suelo irme siempre por el rollo del acoso en mis posts. Supongo que es porque lo viví durante muchos años, y nunca me pareció algo normal. Nunca intenté justificarlo, jamás se me pasó por la cabeza que fuese algo que tuviera que aceptar y tengo la suerte de tener una madre que me ha enseñado siempre a hablar y defenderme por mí misma. Me encantó este polo, no sólo porque es de la colección de un amigo y porque es diseño independiente peruano. Me encantó por todo el rollo que tiene detrás. Porque es imposible que alguien lo lea y no tenga una reacción. Porque más reacciones es lo que necesitamos. Y porque cuando un niño pueda ser sensible sin que lo repriman ni cuestionen, y una niña pueda guiar un grupo sin que le digan “hijita, quédate tranquilita mejor”, estaremos entrando a un terreno plano. Para todos.

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